NACIONALETAS Y NACIONALITOS, los de las patrias pequeñitas
¿Por qué vuestras mentiras valen más que la verdad? Probablemente sean embustes tan disfrazados de carnaval, que la han dejado exangüe.

EL ROMANCERISMO DE LOS NACIONALETAS

II

BASTA DE BONHOMÍA (1)

Las milongas que cuentan los disgregadores de paisajes y que muchos han asumido a pie juntillas; su huida hacia adelante como consecuencia de su inanidad política; las cesiones permanentes a sus demandas y pretensiones; la tibieza histórica (de unos) y el exceso (de otros) en las respuestas, y el fracaso a la hora de tratar de acabar con su propaganda y dogmas —a pesar de los muchos esfuerzos hechos por historiadores solventes, juristas respetados, economistas reputados y otros especialistas— han creado una situación que puede desembocar en que los nacionaletas consigan satisfacer sus ambiciones. 

Si llegara esa situación, libro (incunable de origen), paisaje, poemario, sinfonía, retrato de comunidad y familia... habría que darlos por terminados, con harto dolor. El hecho de que la casi totalidad del guión utilizado haya sido un embuste, ya no importará. 

Nos quedará el consuelo (no es mucho, lo sabemos) de poder escribir el epitafio y esperar a que se cumpla. 

Aquí yace un incunable 

R.I.P. 

Esperanzados estamos en su renacer 

Argumentos jurídicos, razones de todo tipo, perjuicios económicos sin par, males sin cuento y negativas internacionales han saltado por los aires a lo largo de los siglos, en infinidad de ocasiones. Solo hay que esperar una coyuntura o situación favorable para proclamar la disgregación por la vía de los hechos consumados.  Conseguido eso, todos los nacionalitos han contado siempre con la claudicación de sus vecinos y con los entramados e interrelaciones de intereses creados, para superar las dificultades iniciales.

Ha llegado el momento de dejarnos de contemplaciones y retóricas de bonhomía para formular una réplica clara, firme y rotunda. Todo ello dicho con total serenidad, tono de voz bajo y una sonrisa que, ¡cuando menos!, pretende ser igual a la mejor que cada uno pueda tener en la realidad o, guardada como recuerdo, en su imaginario ideal. 

Una pregunta es obligada y hay que formular con fuerza y nitidez: ¿y ahora qué? 

Las ensoñaciones dan algunas respuestas. O, ¡quizá sean LA RESPUESTA! 

Los siete principios —ya enunciados y anotados, y comentados en este artículo— forman parte de la misma.

Principios: Comentados

Uno: Nacionalitos y sinsentido 

Hemos llegado a un punto en el que es totalmente imposible entender la pretensión unilateral de una minoría de disgregar un paisaje de larga, común y significativa trayectoria en la historia. 

Ningún deseo emocional o hipercapricho, aunque lo hayáis llevado al límite y desarrollado hasta culminar en el delirio y en el mayor de los sinsentidos, puede alterar este hecho. 

Dos: Derecho de agregación 

La pretensión unilateral de decidir una disgregación —mediante el recurso a un modelo del tipo: (a) decide separarse de (A) también podrá ejercerse a la inversa. 

Por coherencia intelectual, deberíais reconocer que los racionaletas podemos ejercer el mismo derecho: proponer una agregación para conseguir, en todos los órdenes, la reintegración y restitución del original.    

En esta situación, habría dos variantes: 

Primera: (a) podría decidir la inversa:  reintegrarse en (A)

Segunda: (A) podría optar por unificarse con (a). 

¡Qué mejor demostración de razón y emoción unidas! 

Tres: Cama redonda hemos sido 

Los nacionaletas sois proclives al uso de algunas analogías con la pretensión de que sean un equivalente a los megaargumentos; algo que, por afición, creéis casi irrebatible.  

Cama redonda hemos sido, / solo os podéis marchar, / muy felices habéis crecido, / no la vais a destrozar. 

Cuatro: Extinción del derecho a la riqueza colectiva

La decisión unilateral de acabar con un paisaje excepcional tiene una repercusión inmediata para quienes ejercéis esa opción: la extinción de la totalidad de los derechos que habéis disfrutado, en relación con la riqueza colectiva.

Ya no somos propietarios: solo somos usufructuarios. 

Cinco: Renuncia a la riqueza colectiva 

Habéis blandido sentimientos, y alguna particularidad patente, hasta la exageración y el extremo de olvidar, que de tanto pasto que habéis dado a las emociones ya no atendéis ni a una brizna de razones.    

El asunto se resuelve con extrema facilidad, si no ocultáis razones espurias. Basta con que renunciéis a los derechos sobre la riqueza colectiva. 

Seis: Vuestro egoísmo es nuestro perjuicio  Si se llega a un punto sin retorno, puede ser necesario requerir la ejecución de esos derechos. Esa exigencia solo será posible si la hacemos mediante reclamaciones y actuaciones colectivas de todo tipo, sostenidas en el tiempo. El camino es largo y, al fin y al cabo, lo único que hay que hacer es sentarse a esperar.  

No busquéis culpas ajenas, / pues hemos estado callados, / la paciencia se ha acabado / porque todo lo humano es finito. 

Siete: No nos VÁaa mos a de JÁarr 

O dicho de forma simple: no queremos dejarnos atropellar. 

¡Qué!, ¿por qué no queremos dejarnos atropellar?: por imposibilidad de entender, por coherencia intelectual, por la fuerza de las razones, porque solo somos usufructuarios del paisaje, (…) y porque la paciencia humana es finita.

(1) Ignacio García Calvo. El romancerismo de los nacionaletas. Autoedición. Huesca, febrero de 2015.

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