NACIONALETAS Y NACIONALITOS, los de las patrias pequeñitas
¿Por qué vuestras mentiras valen más que la verdad? Probablemente sean embustes tan disfrazados de carnaval, que la han dejado exangüe.

EL ROMANCERISMO. El romancerismo como lacra social

Un paréntesis consciente (1)

El único instante consciente, o por lo menos del que tengo noción, y resulta que me encuentro con un cuasitestamento. Mal lo voy a tener, si deduzco que lo que me han dejado propuesto es responder a una pregunta, pero ¡qué pregunta!: ¿y eso cómo se hace?, ¿cómo se ha de resolver todo lo anterior? También puedo estar equivocado y que no sea estrictamente necesario tener que pormenorizar a modo de desenlace académico u ortodoxo.

Como ahí y en ese momento me sentía no solamente desorientado y con un inmenso mar de dudas, sino totalmente incapaz, grité (literal): ¡socorro! Presto lo obtuve. Debía enlazar esa consciencia con lo que pasó en los momentos previos a perderla. Una especie de amnesia me desorientó al principio. No duró mucho.

Las ensoñaciones habían comenzado al hilo del propósito que me había hecho de reflexionar y, en la medida de lo posible, solucionar una duda que me tenía paralizado desde hacía tiempo: ¿cuáles han sido las mayores lacras y consecuencias imprevistas e indeseadas de la historia del pensamiento y de la ciencia?

Las páginas anteriores solo han dado una parte de la respuesta: el Romancerismo tétrico sería una de esas lacras. Esta expresión es la forma con la que, coloquialmente, es conocido el Paleorromantismo lítico.

Recurrir a un fósil (otros lo llamarían esperpento) de la historia de las ideas, convertidas, hoy en día, en arqueo-pensamiento, como forma de justificar ambiciones y esplendor de futuro es equivalente al fomento de una ilusión que quisiera imponer el ejercicio lector y caligráfico de la letra gótica o del jeroglífico, como forma de solucionar los problemas de lectura y escritura, y hasta los de la propia vida.

Propuestas de este estilo y justificaciones peregrinas podemos hacer tantas como a cada uno se nos puedan ocurrir.

Como ejercicio de conocimientos y de estética, hay que reconocer que el asunto es diletante; como broma pesada, llevadera; pero como seriedad, simplemente, es la inanidad.

¡Qué OHhrrrooorrrr! si seguís empecinados en el ¡HEerrrooorrrr!

Estaba tan desasosegado y, a la vez, tan entusiasmado por todas estas revelaciones que empecé a pensar que lo mejor sería dar rienda suelta a la memoria, y empezar a elaborar una lista de disparates para hacer honor al “Cuaderno de ensoñaciones”.

Tomar esa decisión y que el desasosiego se transformara en zozobra, angustia, vértigo e impotencia, fue todo uno. El vacío extremo que sentí ante la infinitud de la lista no solo me dejó exangüe, sino que me originó tal aturdimiento que deduje que tenía que ser lo más parecido al vértigo absoluto.

Busqué un remedio: traté de abstraerme. Concentrarse en la naturaleza está al alcance de casi todos y, muy a menudo, ofrece excelentes soluciones. Empecé a notar que el recorrido mental que estaba haciendo me producía sosiego y que, sin apenas darme cuenta, el vértigo que me había sobrecogido hasta casi enajenarme empezaba a desvanecerse. En realidad, lo que anhelaba era retomar la situación anterior y sumirme de nuevo en esa sugestión que tan fértil me había parecido al descubrir, por sorpresa, las páginas anteriores. Si lo pienso bien, fue algo más que sorpresa: una aparición en toda regla.

Es muy posible que algunas de las palabras que ayudan a identificar esa situación como por ejemplo: alienación, hechizo, perturbación, psicosis, disociación..., puedan tener un sentido peyorativo o, incluso, malintencionado para muchas personas. En este caso, ¡ni caso! ¡ni caso!

El color y atmósfera inventados por esa vivencia tan fascinante y, por qué no decirlo, alucinante, aunque no pasa de lo virtual,  es de tal exaltación y atracción, se produce tal inmersión en esa atmósfera que renunciar a que volviera a suceder indicaría, muy probablemente, no estar en los cabales. Sería tanto como renunciar a completar una obra fundamental, paisaje, alegoría, filosofía, poesía, sinfonía...,  de la vida.

A modo de percepción y destello capté la existencia de ese jardín: tan vigoroso, a la vez que vital y magnético en grado extremo. Su visión se convirtió en la más perfecta antesala para acceder al lujo de una nueva ensoñación.

La imagen aparecía tan nítida y detallada, tan perceptible y hasta audible en sus latidos, y tan tonificante y relajante, que caer ensimismado y perder la noción de la realidad resultó ser lo mismo.

Nunca he sido consciente de cómo recuperé el hilo de las ensoñaciones. Alguna razón extraña actuó en esa dirección. Nunca he podido descubrirla. Poco o nada me ha importado, ni siquiera desvelado.

Con lo que aconteció ya no ha sido necesaria ninguna indagación. ¿Por qué prescindir de la prudencia? ¡A lo mejor hasta podría suponer una temeridad! Con toda seguridad no sería investigar, y sí husmear.

(1) Ignacio García Calvo. El romancerismo de los nacionaletas. Autoedición. Huesca, febrero de 2015

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